• Sexualidad y Salud

Las parejas felices piensan, pero no piensan como perdices.



Mario, 26 años: “Ella debería entender que estoy mal e intentar hacerme feliz, en lugar de eso me cuenta su vida. Paso de decirle nada ¿Para qué?”


Sonia, 33 años: “lleva desde hace 4 años siendo un inútil, ya no se puede hacer nada al respecto, ni voy a intentarlo. No debería ser así, a ver si se entera.”


Marina, 45 años: “No somos felices desde hace algún tiempo, pero estamos bien, no discutimos nunca que es lo importante.”


Tanto Mario, como Sonia y Marina, tienen problemas en sus relaciones. Pero no sólo comparten esa condición, ellos también están pensando de manera irracional respecto a su pareja y por ende, sufriendo de manera innecesaria, acentuando y perpetuando sus problemas que, de otra manera, se podrían intentar solucionar.


En sintonía con el reciente post publicado en nuestro blog, vamos a abarcar la importancia de los pensamientos irracionales en las relaciones de pareja. Cuando pensamos en la vida en pareja solemos pensar en las emociones, en las experiencias compartidas, en las aficiones comunes, en los conflictos y acuerdos… pero pensamos poco en nuestras ideas acerca de la propia relación en sí, del amor, de lo que esperamos que haga uno y otro, de nuestro proyecto de vida, de nuestros valores y metas, de nuestra filosofía respecto a la pareja y las relaciones sentimentales.


Si ya es difícil alcanzar un pensamiento racional sobre nosotros mismos, la cosa se complica cuando incluimos a una segunda persona, a nuestra relación y a todos los deseos y emociones implicados.


Pero... ¿Qué tiene que ver la razón con el amor y el placer?


Alguno podría decir “el amor es irracional, las relaciones amorosas no son lógicas”, en parte tiene razón, lo relacionado con el amor parece irracional, mediado por las emociones más que por un proceso de reflexión y debate lógico. Pero los psicólogos sabemos que toda conducta humana sigue unas reglas y, por tanto, es racional en ese nivel.

El funcionamiento en pareja es completamente lógico si nos abstraemos de la vorágine emocional que supone para algunos. Hay quien cree que al analizar racionalmente estos temas les quitamos la “magia”, pero reflexionar sobre nuestras ideas acerca de las relaciones en pareja puede ayudarnos a disfrutarlas más, a vivirlas de manera acorde a nuestros valores, a disminuir sufrimientos innecesarios frutos de nuestros esquemas de pensamiento…


Si no lo veo, no lo creo ¡Pon ejemplos!


Empecemos con dos ideas contrarias que la gente manifiesta frecuentemente “el amor conduce al sufrimiento” y “el amor solo trae felicidad”. Uno de los principios de la psicoterapia, el budismo y muchas otras formas de entender el mundo es que el sufrimiento es una parte inseparable de la vida.



Por mucho que luchemos contra el sufrimiento nunca vamos a erradicarlo de nuestra experiencia vital, luchar contra el sufrimiento puede hacer que suframos más, paradójicamente. Igual que la vida conlleva cierto malestar, las relaciones de pareja conllevan cierto grado de sacrificio. Pero una relación en pareja sana debería aportarnos más disfrute y placer que sufrimiento, para eso las establecemos y por eso las mantenemos. En el punto en que una relación deje de aportar más placer que dolor deberíamos considerar romper esa relación, por el bienestar de todos. Las ideas previamente expuestas son irracionales por absolutistas y reducirlo todo a una única emoción, además son ideas que anticipan algo desconocido y que no tiene por qué ser así.


Además, son ideas peligrosas, que pueden ayudar a perpetuar relaciones que atenten contra sus miembros y su salud en el sentido más amplio de la palabra, por ejemplo, una persona maltratada puede considerar que su situación es normal dado que “el amor es sufrimiento”. A su vez buscar en una relación de pareja perfecta, en la que todo sea felicidad, va a llevarnos a vivir frustrados y a no valorar realmente las relaciones que mantengamos, que aun imperfectas por naturaleza y generadoras de cierto sufrimiento, pueden ser tremendamente gratificantes al valorarlas en su totalidad.


Otro pensamiento destructivo es el de “que discuta con mi pareja es sinónimo de mala relación, hay que evitar discutir”. Aunque discutir no suele resultar agradable, no podemos asumir que es malo para una relación de pareja hacerlo.


No discutir en ocasiones conlleva a mantener conflictos que de otra manera quedarían irresueltos, estos quedarán rondando en la cabeza de los miembros de la pareja, acumulándose en el cajón de cosas que no me gustan de la relación. Que en una pareja haya discusiones adecuadas, en las que se escuche lo que el otro tiene que decir, se empatice y se expongan las quejas desde mi punto de vista y mi sentir, ayudará a resolver los problemas propios de la vida en pareja. No solo eso, será una oportunidad para plantear nuestros deseos y proponer posibles mejoras para la situación actual en la relación. Por lo tanto, decir que solo las malas parejas discuten es abstraer del todo solo una parte, la parte negativa, ignorando que se puede discutir de manera positiva y que es constructivo para la pareja.


Parece razonable; si piensas tan rígidamente, querrás mal. Continúa:


Un pensamiento clásico: “mi pareja debería saber lo que quiero y cómo me siento”. Como ya sabemos los pensamientos irracionales suelen formularse entorno al DEBER. Deber implica una exigencia a cumplir, y si no se cumple la cosa mal andamos. El problema de hablar en términos de DEBER es que acaba imponiéndose al querer, tanto porque sustituyo lo que yo quiero por lo que yo debo como por que convierto un deseo en una obligación. Yo puedo querer que mi pareja sepa cómo me siento o qué quiero, pero no es útil ni razonable que le exija que lo haga. Tu pareja no puede leer mentes, puede intentarlo, pero si ya nos es difícil comprender lo que pasa por nuestra cabeza… es probable que falle, y tiene derecho a fallar. En este punto lo racional sería comunicar al otro nuestros deseos y sentimientos, así te aseguras de que lo sepa. Lo más beneficioso para nosotros mismos es darnos cuenta de si le estamos exigiendo a la otra persona que nos lea la mente ante nuestro enfado o deseo frustrado, y en ese momento no actuar acorde a este pensamiento y emoción, sino producir un contexto en el que podamos comunicar esos estados y deseos.


Quizás uno de los pensamientos más obscuros es el de “la manera de funcionar de una pareja no puede cambiar”. Este pensamiento es rígido, condenatorio, del tipo lo que ha sido será, asume que el pasado se repetirá en el futuro, y va en contra de toda la evidencia de que el cambio es posible tanto en uno mismo como en la pareja. Recordemos la máxima heraclítea “lo único inmutable es el cambio”. Las relaciones también son dialécticas, fluidas, mutantes, pero es cierto que tienden a perpetuar unos patrones relacionales. Cambiarlos no siempre es fácil, pero se puede conseguir realizando pequeñas modificaciones en cómo actuamos, pensamos, comunicamos… que acaben girando el rumbo de la relación hacia mejor. “Grano no hace granero, pero ayuda a su compañero”. Afrontar una relación de pareja desde un “no se puede cambiar” nos condena a no actuar hacia nuestros valores de pareja, a la impotencia frente al devenir. Prueben a sorprender a su pareja con un gesto agradable o cariñoso y vean si genera cambios en cómo funciona la relación a lo largo del día.

Ahora lo entiendo mejor, para el próximo desencanto con mi pareja me preguntaré si estoy pensando de manera irracional ¡No quiero frustrarme más por pedirle peras al olmo!


Como en el artículo previo, proponemos otras ideas que consideramos irracionales por si alguien quiere debatirlas mentalmente y formularlas de manera más adecuada a la realidad:

· Dos personas de distinto sexo no pueden entenderse.

· Mi pareja tiene que entender y solucionar todos mis problemas.

· Tenemos que coincidir en todos los gustos o no somos compatibles.

· Como ya hay confianza con mi pareja no tengo que cuidar la relación.

Autor:

Santiago Martín Asencio, Psicólogo

@Santiago_Psi Twitter

-Giuffra, L. (2009). El Monje y el Psiquiatra: Una conversación entre Tenzin Gyatso, el 14o. Dalai Lama, y Aaron Beck, fundador de la Terapia Cognitiva. Revista de Neuro-Psiquiatría, 72(1-4), 75-81.

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- Ellis, A. (1980). Razón y emoción en psicoterapia. Desclée de Brouwer.

- Beck, A. T., Rush, A. J., Shaw, B. F., & Emery, G. (1983). Terapia cognitiva de la depresión. Bilbao: Desclée de Brouwer.


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